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Una cosa o dos que he aprendido en Hungría

Me gusta cultivar el hábito grato de visitar Hungría, uno de tantos países que desconozco.

Sándor Márai me ha paseado mucho por su Budapest, hermosa en la superficie y devastada por dentro, laberíntica, burguesa y en perpetuo claroscuro; una ciudad un poco vaga que en verdad son dos, y que tal vez por eso resulta doblemente triste. También me ha llevado al lugar lejos de allí, pero todavía en Hungría, donde está el castillo del mayor Henrik, al que todos llegaremos tarde o temprano, cuando nos toque el turno de enfrentarnos con el destino. Por su parte, Magda Szabó me ha devuelto un par de veces a Buda, o a Pest, ya no sé cuál de las dos, a casas de familia en las que viven personas comunes y corrientes, es decir monstruosas, es decir adorables; y de la mano sensual de Péter Nádas he paseado, arrastrado por voces musicalmente neuróticas, entre Hungría y Alemania y entre el pasado y el presente, y me he sentido en Hungría y en Alemania, y me he sentido en el tiempo, en un laberinto tan tortuoso que sólo puede ser producto de un dios inexistente; y hace poco Agota Kristof me condujo a la Pequeña Ciudad, que queda más o menos lejos de la Grande, en un país sin nombre que también es Hungría. Me presentó a unos hermanos gemelos abandonados por sus padres, y esos niños me dieron para siempre, con todo el dolor necesario, la lección inenarrable de la guerra, esa lección tan húngara, tan colombiana, tan humana.

Tal vez fue a causa de tanto paseo por Hungría que hace unos días, cuando vi las impresionantes fotos del centro abandonado del Partido Comunista en el pico de Buzludzha, aunque mi cerebro supiera que esas ruinas quedaban en Bulgaria, mi corazón, ese músculo idiota, insistió una y otra vez en que la noticia era incorrecta, en que estaban en Hungría. Y ahora, que pienso por enésima vez en ese país del que no sé nada y que me ha revelado tantas cosas, no puedo evitar situar esas fotos en él: esa cumbre árida, ese portón flanqueado por dos antorchas titánicas, esas consignas gloriosas a las que se les están cayendo las letras. Y creo entender finalmente que esa especie de platillo volador de Babel coronado por una torre bicorne, ese monstruo irónico y callado, tan derrotado que podría parecer amable si no estuviera hecho de la podredumbre de la historia, queda en Bulgaria, sí, pero también en Colombia, precisamente porque queda en Hungría.

Una de las ventajas de leer ficción compulsivamente es que cosas como las fronteras, las fechas, los hechos, las precisiones históricas, se disuelven poco a poco bajo la presión de las mentiras; y al quitarle todo ese bagazo, la experiencia humana se reduce al licor entre rojizo y transparente, hecho de sangre y de tiempo, que todos compartimos y que nos hermana a pesar de nuestros esfuerzos fratricidas. El valor de las novelas estriba en que nos mienten sobre todo lo que no tiene importancia para decirnos la verdad sobre lo imprescindible. Esa paradoja es una de las cosas que he aprendido en Hungría.

Muertes verdaderas, vidas imaginarias

Una de tantas formas de morir, no necesariamente la más original, es quedar vivo después del propio entierro y tener que lidiar con el enredo resultante. Se me ocurren dos personas a quienes les pasa eso: el coronel Chabert y Matías Pascal.

El lector podría replicar que esas no son personas, sino personajes; pero parte de la idea de sus historias es que esas dos cosas son una y la misma. Chabert, que le da el título a una novela corta de Balzac, es un héroe del ejército napoleónico que, luego de ser herido de gravedad en la batalla de Eylau, es dado por muerto y enterrado vivo. La escena en la que escapa de la fosa común es estremecedora. Pascal, por su parte, protagonista de una de las novelas más divertidas de Pirandello, tiene una familia insoportable y, por una casualidad que en un primer momento parece un golpe de suerte, es confundido con un cadáver víctima de un suicidio, gana una buena suma en un casino y decide irse a otro lugar, con el objetivo de vivir una segunda vida bajo un nombre inventado.

Los dos libros son muy diferentes. El de Balzac es triste; su protagonista me recuerda al pensionado de Umberto D., una de las películas más desgarradoras de Vittorio de Sica. El de Pirandello, en cambio, está lleno de humor y de una ironía curiosa, amable a pesar de su virulencia. Pero comparándolos, sobre todo por lo que sucede en los dos finales, siento que comparten una intuición: que la vida humana es un fenómeno más ajeno que propio. Y que por eso, aunque uno sobreviva a su muerte, el hecho de haber dejado de existir para los otros lo priva sin remedio de su vida, lo convierte en un fantasma.

Acaso lo que pasa es que en el fondo todos somos fantasmas. Seres que se desvanecen sin los otros que nos ven, nos hablan, nos reconocen y de esa manera nos otorgan sustancia. Tal vez todos somos Chabert o Pascal: protagonistas sin nombre verdaderamente propio de la tragicomedia de nuestra insubsistencia.

Steampunk y otras realidades

Borges escribió que la imaginación está hecha de memoria. Imagino, es decir recuerdo, que hablaba de algo que también supo Platón. Que crear es recobrar algo que hemos perdido; que inventar, como lo revela su etimología, es venir hacia el interior de uno mismo. Pero tal vez también quiso decir que urdir ficciones es una manera, acaso la más efectiva, de enfrentarse a la realidad. Que imaginar, lejos de huir, puede implicar todo lo contrario.

Pensando en las cosas que inventa China Miéville creo descubrir varias de las que recuerda. La proliferación tortuosa de sus ciudades, dibujadas con la intución de un niño con fiebre, acaso es la misma de Londres, Nueva York o Shanghai, pero también la de Sigil, la Ciudad de las Mil Puertas. Las aventuras de sus personajes podrían ser las del Dr. Who, Yu Tsun o Randolph Carter, y en su lenguaje entre proteico y preciso siento ecos del de Marechera, Rimbaud, Poe, K. Dick, Pynchon.

Me gustan mucho sus monstruos. Como los mejores de su especie ―el vampiro, Odradek, la esfinge― cumplen una función doble: nos recuerdan una forma del miedo que conocíamos sin saberlo, y a la vez nos la revelan inédita, insoportablemente renovada. A esa categoría pertenecen las polillas devoradoras de sueños de Perdido Street Station; esa especie de semidiós lovecraftiano en clave steampunk, el avanc, que es domado por una ciudad entera para que la arrastre literalmente al abismo; y sobre todo los ‘Remade’, criminales que, en un eco del Infierno de Dante, son transformados en criaturas grotescas para que nunca olviden su falta. Tal vez la más turbadora es una madre que, por matar a su bebé, es condenada a tener sus bracitos prendidos de la cara para siempre.

Pero lo que más me inquieta y me agrada de Miéville, lo que me impulsó a leer su trilogía de Bas-Lag y me entusiasmó a comprar otros tres libros de él que todavía no he comenzado, es su conciencia irreverente y testaruda de que la fantasía existe para interrogar la realidad; su manía de usar mundos ficticios a la manera de un espejo curvo, para subrayar hasta que se vuelven innegables algunos de los rasgos del nuestro, precisamente los que menos nos gusta tener presentes.

Si es verdad que la imaginación está hecha de memoria, acaso la tarea del imaginador profesional, del escritor, es recuperar nuestros recuerdos para que nunca volvamos a olvidarlos. Los libros de Miéville son colecciones de imágenes fantásticas que permanecen en la memoria mucho tiempo después de haberlos terminado. Criaturas y personas, ciudades y aventuras, todas ellas imposibles, consagradas a perseguir, a veces trabajosa, a veces sabiamente, esas verdades que sólo se pueden capturar por medio de las más perfectas mentiras.

Leer, recordar, tocar

Hace poco leí al mismo tiempo dos libros de recuerdos. Me quedó la sensación de que la memoria es una textura.

El primero se llama precisamente “Libro del recuerdo”. Es una novela laboriosa, escrita durante once años por el húngaro Péter Nádas, que ha sido comparado con Proust y con Joyce y que aparece todos los años listado entre los candidatos al Nobel de literatura. El segundo, “Memoria por correspondencia”, es más simple. Es una compilación de cartas que cuentan la infancia de Emma Reyes, una pintora colombiana que creció en un convento, huérfana y en la más absoluta pobreza.

Los dos los terminé hace un mes y sigo sintiendo que la memoria es una textura. Se trata de una intuición tan honda como insólita y esta entrada es un ejercicio. Quiero explicarme a mí mismo el sentimiento que me invadió leyendo esos libros y que todavía no se disipa.

La novela de Nádas narra tres historias paralelas. La primera es la de un escritor húngaro bisexual atrapado en un triángulo amoroso en la República Federal Alemana. La segunda es una novela que el protagonista de la primera está redactando. La tercera es la de un amigo de infancia del escritor que se lo encuentra por casualidad en Rusia, y que durante una noche extraña tropieza sin darse cuenta con la memoria, la propia pero también la de su amigo. Las similitudes entre los dos narradores principales, el escritor que cuenta su vida y el protagonista de su novela dentro de la novela, hacen que a veces no se entienda a quién le pertenecen ciertos recuerdos. El efecto, la sensación de errar sin rumbo por un laberinto de humo, no es accidental. Y cada pasaje del libro es una especie de joya neurótica, electrizado de sensualidad hasta el punto que cansa al tiempo que ilumina. Al final de un capítulo el autor emplea siete páginas en describir un beso.

El libro de Reyes no puede ser más diferente. Para comenzar, es breve; y el lenguaje es tan sencillo que comprendemos que la que habla no es la pintora que lo escribe, madura y experimentada, sino una niña inteligente y desolada, la Emma que fue. Esa voz es un logro tan enternecedor como escalofriante. Y nos cuenta sus cosas, las pobres cosas del pasado, sin aspavientos. Risa y abandono, miseria y juego, éxtasis y asco se le transmiten al lector con las pocas palabras imprescindibles. Si tuviera que elegir entre los dos me quedaría con “Memoria por correspondencia”, pero ese no es mi objetivo. Es, como ya dije dos veces, elucidar por qué sigo convencido de que la memoria es una textura.

Es sabido que de los cinco sentidos el más evocador es el olfato. También lo es que para la literatura de la memoria el privilegiado es el gusto. A mí me basta con el olor de un mango para regresar a mi infancia y a la finca de mis abuelos; y a Proust un té y una magdalena le permitieron recuperar en un instante mágico el tiempo perdido. Pero en el tacto hay esa profundidad que sólo la superficie de la piel puede percibir; esa intensidad corporal que también es de la memoria cuando uno se le rinde. Recordar de la mano de Reyes o de Nádas es recorrer vidas ajenas con las yemas de los dedos. Visitar otras pieles, ocupar otros cuerpos, distantes en el espacio y el tiempo y sin embargo presentes, incluso cuando son imaginarios. Es un contacto. Y acaso es por eso que siento que la memoria, al menos la compartida, es una textura. Porque implica un roce que hay que descifrar con la epidermis, no con la mente. Porque la vida, que ocurre sin remedio y sin pausa en el presente, sólo puede permitirse recordar cuando la palpan, imposible pero físicamente, otra vida y otro presente.

La paz y los Maia

La palabra paz es breve, ligera. Siempre me hace pensar en una hoja que cae. En el otoño y en la sensación de mirarlo por una ventana. En una chimenea, una biblioteca y un escritorio a la luz de una lámpara. En un libro sin título que es a la vez todos y ninguno.

Me pregunto de dónde me vienen esas imágenes, tan inmediatas que es como si la palabra las contuviera. Tal vez se trata de un recuerdo, pero no crecí en un país con estaciones; o de un deseo, pero eso no explica por entero la nostalgia que subyace a las imágenes. Tal vez son ambas cosas. Hay sensaciones que se originan en el pasado, tensan el presente y son como un eco del futuro; que sugieren un círculo, un hilo de sentido. Uno aprende a atesorarlas, acaso a suscitarlas, porque son escasas y frágiles pero también porque son infinitas.

Este año, por casualidad, le añadí imágenes a mi idea de paz. Por supuesto, no son más que hermanas de las primeras, sus reflejos. No es otoño sino el final de la primavera, y estoy en una biblioteca mucho más grande que la otra, una biblioteca pública sin chimenea a la vista. Hay estudiantes sentados a mi alrededor, tampoco hay lámpara, el silencio dista de ser completo y el libro que estoy leyendo es “Los Maia”, de José Maria Eça de Queirós.

No sé por qué ese libro se me antoja pacífico. Tal vez porque no lo parece pero en el fondo lo es, como la vida de todo burgués mediocre, como la mía. Carlos se comporta con el descuido medio iluminado que es su don y su lastre, y eso conduce a la tragedia que cierra el círculo del argumento, le da peso y resonancia. Ega, su amigo, a veces ama y otras odia, a veces escribe y otras bebe, a veces se disfraza y otras no, y despotrica contra todo sin defender nada a cambio, mucho menos sus propias críticas. La condesa de Gouvarinho, Raquel Cohen o Maria Eduarda, siluetas a medio camino entre la mujer y la mariposa, revolotean entre sedas y traiciones, impulsándose a fuerza de sonrisas. Dâmaso traga haciendo muecas la hiel lujosa de su triunfo a medias. Algunos ganan y otros pierden, en la bolsa, en el amor, en la guerra, en la política y en las carreras de caballos; y al final, como en “La educación sentimental”, esa otra paz, esa otra biblioteca, no pasa nada, y eso sucede de forma tan perentoria que uno aprende que, a pesar de la humanidad, en este mundo nunca pasa nada.

Me digo que acaso estoy diciendo tonterías, que el misterio está en el lenguaje. Que todo este amor melancólico por el novelón de Queirós es el eco algo quebrado de su música. Me pregunto si eso es, en última instancia, la paz para mí: la música silenciosa de la literatura. Música porque es sólo ritmo, no sentido; porque no explica y de pronto ni siquiera relata, apenas ocurre; porque no es intencionalmente inteligente ni honda, ni arquitectural ni realista y mucho menos imaginaria, porque simplemente es vida. Música que, aunque efímera, es tan verdadera que vuelve a empezar en el lector, a empezar de una vez y para siempre en el instante preciso en que se termina.

El destino está en cualquier parte, o sea debajo de la cama

Hay una tristeza paradójica, a la vez limpia y sórdida, en ciertos hoteles pequeños. Una de las formas de sentirla es mirar las toallas, blancas o con el logo de turno, dobladas y organizadas en el clóset, y pensar en la persona que las puso ahí. En que lo hizo en nuestro cuarto y también en el siguiente, y en el siguiente. Esas toallas cifran un destino como el nuestro, conmovedor precisamente por su simpleza. Y uno se mete a la ducha y ensucia las toallas, porque uno, como cualquier fulano, por mucho que piense en su prójimo no puede evitar ser un agente del destino.

Tengo para mí que Markus Orths estaba en un hotel de esos, y que miró unas toallas, unos baldosines o un escritorio de madera barata, con su esfero de cortesía y su papel membreteado, cuando imaginó a Lynn, la protagonista de su novela corta “Das Zimmermädchen”. Que pensó en una serie de movimientos repetidos cientos de veces: desempolvar, acomodar, poner un objeto en su esquina, tender la cama. Que sintió una especie de fragilidad invisible, una cuerda sin sustancia que atravesaba el vacío; y que entendió que ahí estaba la novelita, escrita desde siempre, y se sentó y le salió como tenía que salir, sencilla e implacable como la vida misma.

Lynn intenta salir del hueco que nos contiene a todos metiéndose debajo de una cama. Lo hace las noches de los martes, siempre en la misma habitación del hotel donde trabaja. Se queda ahí mientras el cliente de turno la ocupa, y escapa cuando está dormido, en la madrugada. No lo hace para esconderse, sino para revelarse; no para huir, sino para ponerle la cara al absurdo. Su atrevimiento desencadena una serie de torpezas que reconocerá quien alguna vez haya osado hacer lo que le nace. Al final, como en cualquier historia verdadera, parece quedar en el aire la pregunta de si valió la pena. Basta releer ciertas páginas rigurosas de Orths para convencerse de que la respuesta es afirmativa.

Acaso a algún lector le darán ganas de hacer lo que yo en una noche de delirio: leer un capitulito acostado debajo de la cama. Me atrevo a afirmar que ese riesgo mínimo también vale la pena. La mejor respuesta a la buena literatura es dejar que nos viva la vida, al menos un instante; que nos despierte de verdad a la belleza cruel que nos da forma al tiempo que nos desintegra.

Vivan las malas novelas

Sé poco sobre Alberto Moravia, y después de leer su novela “La noia”, en español “El aburrimiento”, no quiero aprender más. Recorrer sus páginas, trescientas y pico en mi edición de Einaudi, fue una labor tan ardua como desagradecida. Antes había leído “Il disprezzo”, que también me pareció malo. Pero se lo respeta como uno de los autores esenciales de la Italia del siglo XX, y yo vivo de fingir que estudio literatura italiana; así que cuando lo vi en descuento en Strand, en esa parte maravillosa del primer piso donde casi todos los libros en lengua extranjera cuestan menos de diez dólares, lo compré con un sentimiento de deber que, no lo sabía entonces, me aprovecharía.

Desde el primer capítulo intuí que no había nada bueno en el libro. Pero insistí. Leo mucho en los trenes, y a veces me sorprendía cerrándolo con asco y pensando que en la siguiente parada me bajaría expresamente a tirarlo a la caneca. Tirarlo con ruido; que la gente se diera cuenta, que le viera la portada. Pero esperaba dos paradas más, respiraba hondo, volvía a leer. Lo discutí con un par de amigos que terminaron haciéndome la misma pregunta: si de verdad es así de malo, ¿por qué lo sigue leyendo? En ese momento no lo tenía claro, y mucho menos cuando lo terminé y resistí, no creo que por última vez, el impulso de echarlo a la basura. Pero ahora, después de un rato de rumiarla, creo que tengo parte de la respuesta.

Una de las razones por las que leo es para aprender cómo se escribe. La literatura, como todo oficio, se aprende por imitación. Uno comienza con los que admiró de pequeño, copiándolos sin vergüenza, y nunca termina de hacerlo; y poco a poco le suma voces y posibilidades, temas y contextos, objetivos y estrategias a su repertorio, de la manera entre metódica y maravillada como los pintores de antaño le agregaban colores a su paleta. Y de improviso, de tanto leer, uno se encuentra con escritores que son buenos para aprender cómo no se escribe.

De pronto ese último es el hallazgo imprescindible. Porque no se trata de las obras comúnmente consideradas malas: ‘bestsellers’ (entre los que he encontrado una que otra novela buenísima), autobiografías de estrellas de la farándula, libros de autoayuda. Tampoco se trata de autores sin lenguaje, de los que tristemente hay tantos, para los que las palabras son una barrera que nunca superan. Creo que Moravia es el primer autor que puedo incluir sin remilgo en esa lista: inteligente, culto, usa con intuición el italiano y forja frases cristalinas, sin excesos, con ocasionales momentos brillantes. Es un escritor de verdad, y es por eso que pudo escribir “La noia”, ese perfecto manual práctico de cómo jamás, ni por equivocación, escribir una novela.

“La noia” es la historia de un “fighetto”, un niño rico romano, que se aburre. En su diario inverosímil, el hombre define el aburrimiento como “la imposibilidad de lograr una relación con las cosas”. Así que se trata, el lector lo entiende de inmediato, de una novela existencialista. El valor de ese tipo de novelas (pienso en los obvios, en Camus o Sartre) es funcionar como una especie de experimento: tomar a un individuo alienado en grado sumo, un cobayo, y soltarlo en su mundo de mentiras para que nunca salga de él, para que no logre vivir y, casi indefectiblemente, se muera.

Moravia hace eso y lo hace bien. Su héroe nunca hace nada. No logra pintar un solo cuadro más, luego del que rompe cuando comienza la novela; no logra amar a la mujer que cree que ama; no logra librarse de la presencia insoportable de su madre y de su herencia; no logra ser pobre ni rico, ser libre ni estar preso, estar enamorado ni odiar, ni siquiera ser indiferente.

El problema de la novela es otro, y es hondo. Tal vez es inevitable. Es que es precisamente lo que es y nada más: un experimento. No hay vida en su historia porque no quiere tenerla. A Moravia no le interesan en absoluto sus personajes, tanto que se atreve a escribir a Cecilia, la amante del protagonista, una mujer deliberadamente vacía, carente por completo de opiniones, una máquina sexual a la que ni siquiera el orgasmo le inspira una palabra. Moravia lo que quiere con este libro es pensar y poner a pensar a su lector; y de tanto pensar arruina, adrede e irremediablemente, la novela que está escribiendo, porque la literatura no se escribe para razonar (ni para sentir ni para denunciar ni para declarar, y ni siquiera para escribir), sino para contar. Y para contar una historia hay que creer en ella, sentirla adentro y afuera, vivirla; unirse a ella de forma tan íntima que le den a uno ganas de jugar con ella, de la manera como se juega con un niño cuya inteligencia uno admira y cuya energía respeta.

Siento que Moravia quiere, por encima de todo, ser un intelectual. Enfrentarse al ‘gran problema de su tiempo’, la ‘alienación’. Siento que es por eso que falla. Rulfo dijo que el escritor debe ser el menos intelectual de los artistas; tanto Moravia como su Dino (asco de tipo) son intelectuales antes que artistas, y por eso su libro se llama “El aburrimiento” y está vacío, como un vaso de Petri en el que los microbios murieron hace tiempo, porque de tanto observarlos y anotar sus características al biólogo se le olvidó que necesitaban comer algo, los pobres bichos, o al menos respirar un poco de aire.

Hay otra novela existencial que leí casi al tiempo con “La noia”: “Un homme qui dort”, de Georges Perec. El protagonista de Perec ni siquiera es pintor, sino estudiante, lo que le hace todavía más fácil no hacer nada. Y es eso, precisamente, lo que hace durante la novelita. Se pasea por la ciudad, si acaso. Duerme cantidades. Pero Perec no está pensando, está jugando. Sus descripciones del sueño, en particular, son una delicia, llenas de imágenes paradójicas que le iluminan a uno esos actos sobrehumanos que hacemos todos los días, dormirnos y despertarnos. Es por esa animación verdadera, por esa libertad, esa gracia, que su novela, a diferencia de la de Moravia y con muchas menos páginas, sí logra erigirse en un objeto intelectual digno de estudio y respeto.

En literatura hay que jugar para pensar, y no al revés. Moravia, ese viejo pretencioso y probablemente misógino, me dio esa lección con más efectividad que el mismo Perec, que me gusta tanto. Así que vivan las malas novelas, pero sólo si han de ser tan irreparablemente malas como esta.

Quijotes

Hay personajes de la segunda parte del Quijote que no salen en el libro. Estoy pensando en uno en particular. Uno que, como Sansón Carrasco, se había graduado de bachiller, aunque no se sabe de dónde; los archivos sólo mencionan que no fue de Salamanca. Tampoco era socarrón. Cuando decidió salir al mundo, en busca del protagonista del libro que acababa de terminar, lo hizo sin ánimo de diversión ni de aventura, sin saber por qué. Nunca había viajado solo, y la primera noche al aire libre no durmió, sino que miró las estrellas. En una venta en algún lugar de la Mancha le dijeron que ya eran días que el loco se había ido. En Sierra Morena no encontró nada. En las tierras de un duque aficionado al teatro, un labrador le contó que unas semanas atrás le había tocado convertirse en encantador, conducir por el bosque un carro tirado por dos bueyes con cirios en los cuernos, y soltar una parrafada aprendida de memoria. Luego, mientras se alejaba, había visto al loco hacerle una venia desencajada, y le había tocado morderse la lengua para no soltar la risa. Frente a la tumba, cuya lápida no decía nada de las aventuras de su dueño, esperó un instante. Luego vagó otro mes, y al fin volvió a casa.

Tal vez Cervantes no lo incluyó porque es un personaje insignificante, o porque en los archivos no aparece su nombre, o por otra razón mejor. O no le alcanzó el tiempo. Pero me digo que en últimas no importa. Ahí están los archivos, donde constan estas y tantas otras cosas que no salen en el libro.

Der unheimliche Stimmenimitator

En un cuento de Thomas Bernhard, “El imitador de voces”, el artista del título entretiene a los miembros de una extraña sociedad quirúrgica copiando la manera de hablar de personajes conocidos. Lo hace con tal intuición que su acto comienza por divertir y termina asustando un poco. Al final alguien le pide que finja su propia voz; él responde que eso es imposible.

Como he cometido el error de pasar años dejándome convencer de que se debe interpretar la literatura, no puedo menos que arriesgar una lectura de la fabulita de Bernhard. Lo que nos inquieta del imitador es que revela el hueco que es la base de toda personalidad. Debajo de las apariencias no hay nada; y entre mejor sea la falsificación, más innegable resulta que persona y máscara siguen siendo sinónimos.

Leyendo “Cloud Atlas” me dio por pensar en el imitador de voces. Los anglosajones, inventivos a sus horas, llaman ventriloquismo a la facultad de un escritor de crear voces convincentes. Es una bonita metáfora. El ventrílocuo, mediante la combinación de un truco fisiológico y una marioneta, traslada su voz a una boca falsa, y si es bueno logra desaparecer un poco, y se nos antoja que estamos escuchando al muñeco, no al hombre. El escritor que logra un personaje con voz propia ejecuta una maniobra análoga. Pero también me parece exacta la palabra porque en los ventrílocuos, como en los escritores que son expertos en ventriloquismo, hay algo alarmante. Sabemos que el muñeco es un montón de tela y madera animado por su dueño, pero la ilusión es tan eficaz que el dueño pierde sustancia y el muñeco adquiere tibieza carnal, aliento.

En “Cloud Atlas”, David Mitchell es como un ventrílocuo que no sólo contara con un gran talento y una serie de seis muñecos perfectos, sino también con la capacidad de desvanecerse en serio, dejando a la marioneta sentada en el vacío, hablando. Y la voz nos seduce, y la silla también se disuelve, y la luz del reflector, los otros espectadores, el teatro que nos contiene, y los reemplazan párrafo por párrafo un barco británico del siglo XIX, un palacete francés en el período de entreguerras, un McDonald’s futurista atendido por clones que comen jabón alucinógeno. Cada una de las seis historias entrelazadas es un libro completamente diferente; a cada una la justifica no sólo su poder de evocación, sino la cualidad francamente seductora del relato, que a veces recuerda estratégicamente a Stevenson, otras a Christie, otras a K. Dick, a Eco, a Nabokov, a Pynchon.

Al principio parece que las historias son independientes. Luego, por medio de un artificio al que nos ha acostumbrado el cine pero que nunca había visto funcionar bien en literatura, entendemos que son una y la misma. Para enlazarlas se hace uso de un elemento un tanto curioso que, en el fondo, no importa; lo central, lo estremecedor son esas voces humanas. Seis que aunque sean una, tanto en la novela como en la cabeza de su autor, tienen que seguir siendo seis simplemente porque no pueden ser una, porque existen. Estas seis personas existen para mí mucho más que cualquiera de ustedes, o que el mismo David Mitchell. Es más: en Mitchell sí que no creo, porque tendría que aceptar que se los inventó a los seis, y mi cerebro se niega a computar esa mentira monstruosa.

Debe ser chévere ser David Mitchell, rodeado de tantos amigos. Debe ser aterrador ser David Mitchell, asolado por tantos fantasmas.

Leer a Dickens en invierno

Este diciembre comprobé lo bueno que es leer a Dickens en invierno. En invierno, por mucho que uno le suba a la calefacción, no deja de percibir el frío como una especie de neurótico barniz; una membrana que no por psicológica resulta imaginaria. Y uno siente en la piel, no en el cerebro, la importancia de las paredes que lo rodean, de la gente que vive con uno, de la paz que sólo se experimenta cuando se está en casa. Y cuando uno llega a la casa, después de que come, habla un poco y ve alguna cosa en televisión o en Cuevana, antes de irse a dormir siente ganas de sentarse junto a la ventana con un libro de Dickens.

El libro, por supuesto, es pesado, pero hay un placer peculiar en tener un libro pesado en el regazo mientras afuera nieva. Uno lo abre y comienza a leer. Es, por ejemplo, A Tale of Two Cities. Madame Défarge cifra tejiendo, sin que nadie más conozca el código, los nombres de las víctimas futuras de la Revolución Francesa. El doctor Manette, en su segunda década en la Bastilla, escribe una carta con sangre y sopa aguada, hace zapatos, pierde el juicio. Sydney Carton rumia su tristeza y prepara una venganza perfecta contra su peor enemigo: él mismo. Míster Stryver se pavonea por Londres, con el pecho y la elocuencia hinchados de aire. O es Charles Darnay el que se pasea por París, y es ese momento en que mira las ventanas iluminadas bajo la lluvia y se deja sacudir por las vidas de los otros; ese momento que le parece a uno un eco de la vida del mismo Dickens, porque ayuda a imaginarlo en Londres haciendo lo mismo: mirando ventanas, imaginando casi táctilmente los millones de vidas que se desarrollan sin efecto aparente en el mundo, dejándose invadir por la presencia heterogénea y efímera de la gente como uno, la gente común y corriente. Entonces uno mira por la ventana y piensa en la otra gente detrás de las otras ventanas; en las ardillas en sus guaridas; en los indigentes en las estaciones de metro. Uno siente el frío, el del viento, el de la nieve y el de la historia, en la piel, no en el cerebro, porque es invierno y está leyendo a Dickens.

Y uno vuelve al libro. La Vengeance lidera al pueblo en el delirio minucioso de la carmagnole. Un funeral falso, el del espía o el de Darnay, desfila calle abajo. Maidemoiselle Manette se para con su hija todos los días, por un par de horas, en un punto estratégico frente a una torre de la Bastilla. O la Bastilla arde, y Monseiur Défarge dispara el cañón que se encontró y grita consignas.

Pero se está haciendo tarde. Uno cierra el libro. Antes de irse a la cama mira otra vez por la ventana. Siente otra vez ese frío irracional en la piel. Un frío más grande, más hondo que el mundo, que tal vez ni siquiera es de la piel; que sería del alma si uno tuviera una. Un frío sin nombre, explicación u origen, sobre el que la vida se balancea como un acróbata en su cuerda.

Uno devuelve el libro al estante y en la cama se arropa para no sentir más frío. Las paredes están alrededor, la calefacción sigue encendida, la gente con que uno vive ya está dormida. El frío desaparece poco a poco. Uno sonríe. De verdad que es bueno leer a Dickens en invierno.