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Aves y alimañas, personas y laberintos

Cuando Gregor despierta convertido en un “ungeheueres Ungeziefer”, un enorme bicho, una colosal alimaña o, en la traducción inexacta que se ha popularizado en español, un gran insecto; y sobre todo después, cuando se describen su espalda semejante a un caparazón, su vientre cruzado por arcos cartilaginosos, y sus patas, diminutas y agitándose frente a sus ojos, uno entrevé en esos últimos una mirada humana y entiende que la metamorfosis de ese pobre viajante de comercio no sólo resulta lógica, sino también inevitable.

Algo parecido pasa con los personajes del noruego John Arne Sæterøy, alias Jason. Son lobos, perros, pájaros, conejos. Son bípedos, flacos, casi siempre de clase media. Se ponen camisas, pantalones, tacones, gafas, sombreros. Cargan maletas, cogen taxis, hacen experimentos, tocan flauta en la calle. Las mujeres tienen senos y, a veces, el pelo largo. En su mundo los zombis, perros muertos, conejos muertos, pájaros muertos, emergen de la tierra; los hombres lobo acechan en los techos; un perro científico viaja en el tiempo para matar a un perro político llamado Adolf Hitler; y una mujer pájaro es atropellada, y el hombre pájaro que la ama cae en el alcoholismo.

Sherman Alexie ha comparado a Jason con Whitman y con Dickinson. Yo siento la necesidad de hacer lo mismo, en mi caso nombrando a Kafka. Eso tal vez habla de un prejuicio lamentable contra la novela gráfica, que todavía parece necesitar muletas para que la esfera cultural se la tome en serio. Pero, para un lector a quien de verdad le interese la belleza, la esfera cultural es irrelevante. Dickinson es Dickinson, Kafka es Kafka y Jason, ese genio, es Jason.

Al comienzo de su historia el hombre pájaro vive en un nido en las afueras. Luego, cuando se levanta a su mujer pájaro, se muda con ella a un apartamento. Después de la muerte de ella, comienza a ver en momentos al azar a un esqueleto que poco a poco se convierte en su compañero de cuarto. Una noche el esqueleto se emborracha, le hace pedazos el apartamento, y el lector y el hombre pájaro, en un instante oscuramente mágico, comprenden al mismo tiempo que ese esqueleto no es otro que el protagonista mismo, que ha vuelto a caer en las garras del trago.

Tal vez lo mejor de ese libro, que se llama “¡Sshhhh!” y no tiene una sola línea de diálogo, es que el hombre pájaro dibuja cómics en los que su amada está viva, pero ha sido raptada o conquistada por un idiota musculoso; y en sus cómics la salva de formas tan ridículas como satisfactorias, y esas páginas en las que un pájaro anda en dos patas, blande una pistola y le da un tiro en el pecho a su rival son tan irónicas, desgarradoras y chistosas como las del propio Jason. Y al cerrar el libro el lector ya sabe que tiene un pico en la cara, u orejas largas en las sienes o tres dedos en las manos, y que hay sangre en sus venas y ácido en su estómago y sueños en su cabeza; y que en alguna parte hay un nido en el que vive, y zombis en las calles y hombres lobo en los techos; y que uno nace y se muere, ama, odia, olvida, llora y por eso juega todo el tiempo, incluso cuando no cree hacerlo; que al final todos esos verbos siempre son el mismo, y que es bonito el laberinto sin salida que nos ha tocado en suerte.

Mi nuevo amigo Mario Incandenza

Tengo un puñado de amigos entrañables con los que nunca podré hablar. Uno porque es un tal Long John y al fin se pudo volar, ya no hay quien lo encuentre; otro porque se llama Hanta y si existiera nunca querría hablar, ni conmigo ni con nadie; otro porque se llama Gregor y lo conocí cuando el pobre ya no tenía boca, sino mandíbulas y antenas. El más reciente de esa lista se llama Mario Incandenza.

Mario, por supuesto, no se voló; no podría volarse nunca. Además tiene boca, una anormalmente grande llena de dientes igualmente grandes; y creo que sí hablaría conmigo, como lo haría con cualquiera, pero me atrevo a especular que la conversación no sería muy satisfactoria. Y aún así, lo afirmo con rabia de niño que dice “esto es mío”, siento que es mi amigo.

Mario es el segundo hijo de una familia monstruosa y es de lejos, en mi opinión, el menos monstruoso de sus miembros. Su madre es bellísima, inteligente y de un egoísmo cuidadosamente calculado para exhibirse como amor desmedido; su padre es (era) un autista hiperfuncional de dos metros y medio de altura, alcohólico además; su hermano mayor es un Don Nadie elevado a la categoría de superestrella, el mejor punter (¡heh!) de la historia del fútbol americano; su hermano menor es un genio del lenguaje incapaz de conectarse con los demás en el nivel humano. Mario, en cambio, es horriblemente adorable. Hipercefálico, de bracitos tiesos y angulosos, pequeño, de pies grandes que recuerdan un paralelogramo. Para quedarse parado en el mismo sitio le toca usar una barra como soporte, que fija con un candado de policía al chaleco que protege su pecho, de una fragilidad preocupante. Nunca lo he visto, por supuesto; pero el tipo que me lo presentó, un tal David Foster Wallace, comparó su silueta con la de los velocirraptors de Jurassic Park, símil que me pareció cruelmente afortunado. Para completar el retrato debo agregar que Mario es un idiota.

El padre de Mario era un genio de la óptica, del tenis y del cine más intelectualmente hostil posible, y su segundo hijo heredó de una forma enternecedoramente incompleta la última de esas obsesiones. Su padre le regaló un casco con una cámara de alta definición y Mario anda por ahí filmando lo que se encuentra. Todo lo que se encuentra, por supuesto, le parece maravilloso, digno de ser filmado, “real” en el sentido más hondo del término. Pero hay que notar que el hombre vive en un mundo devastado y devastadoramente deprimente. Un mundo donde los Estados Unidos, México y Canadá se han unido para conformar la O.N.A.N. (Organization of North American Nations, acrónimo que Wallace escoge, entre otras razones, para jugar con la palabra “onanismo”); un mundo donde una gran porción del noroeste de Norteamérica se ha convertido por decisión del mismo presidente de la O.N.A.N. (una especie de Reagan reaganizado hasta la pesadilla) en depositorio de basura radioactiva, en el cagadero del continente; un mundo donde hasta el tiempo ha sido vendido por el gobierno para subsidiar las corporaciones que lo eligieron (existen el Año de la Hamburguesa Whopper, el Año del Calzoncillo Depend para Adulto, el Año de los Productos Lácteos del Corazón de América); un mundo donde la obsesión con el entretenimiento ha convertido a todos en adictos, ya sea de algún tipo de droga, del deporte competitivo, del sexo, del trago, o más comúnmente de una versión gigantizada hasta la alegoría de una combinación entre televisión e Internet controlada por una corporación maliciosamente bautizada Interlace; un mundo donde unos terroristas Québecois en sillas de ruedas a veces parecen el único grupo que sabe más o menos lo que está haciendo, excepción hecha de Alcohólicos Anónimos. Mario se pasea por ese mundo con su cámara, dándole la mano a los extraños, sonriendo extasiado.

Yo, que no soy ninguna lumbrera, recorrí el mundo de Mario atolondrado por una maravilla análoga. Me acordé de un aforismo de Cioran: “Vivimos en el fondo de un infierno, cada instante del cual es un milagro”. Ese aforismo describe a la perfección nuestro mundo y también el de Mario, el de Infinite Jest. Hace falta ser un verdadero genio para que los párrafos que describen cómo los ya mentados asesinos empalan a una de sus víctimas con una escoba sean de una belleza exquisita sin dejar al mismo tiempo de ser horripilantes; para que un partido de tenis extendido por doce páginas sea como un Seurat, sorprendente punto por punto y sobrecogedor cuando se lo abarca con la mirada. Mi roñoso esferito era como la cámara de Mario, y subrayé muchos apartes; luego levantaba del libro una mirada descuadernada y me costaba esfuerzo orientarme.

Infinite Jest me excede absolutamente, como el mundo de Mario excede a mi buen amigo y como el mundo mismo excede a cualquiera, excepto, tal vez, a la gente como David Foster Wallace. No sé si volveré pronto a ese mundo decadente porque ya me pesa suficiente el estado similar del mío; al menos tendré que darle unos años. Pero sí volveré en mi cabeza a evocar la imagen de Mario con su camarita; y admiraré su sonrisa de incomprensión, tan parecida a la mía; y de vez en cuando me detendré, me anclaré para poder sostenerme en pie con la barra más o menos sólida de lo poco que he leído, incluyendo esta novela brillante, y sacaré mi camarita y filmaré, escribiré, estúpida, ciega, incansablemente; porque no seré ningún James O. Incandenza y mucho menos un David Foster, pero este infierno que compartimos es tan bello, sí o no, Wallace, Cioran, Mario; porque qué vamos a hacer, es milagroso y tenemos que aceptarlo, tenemos incluso que celebrarlo.

Lectura entre paréntesis de una novela (tal vez) escrita entre paréntesis

(El mal de Montano me dio la impresión de una novela escrita (tal vez) entre paréntesis. Paréntesis que proliferan con esa especie de picardía incómoda con que (suelen, si se los deja) proliferar los paréntesis. Paréntesis porque ninguno de los personajes ni de sus voces parecen reales, y (poco a poco) es evidente que esa es la idea; y se abren unos a otros, los narradores y las voces, como cajas chinas que no contienen nada, o contienen de todo, porque contienen literatura. (Primero, por ejemplo, hay un crítico literario que tiene un hijo (escritor), que se llama Montano. El crítico literario descubre que tiene el mal de Montano, que está enfermo de literatura. El hijo (escritor) tiene un problema opuesto que de muchas maneras es el mismo, es decir, tiene la (consabida) crisis de writer’s block. Pero después hay otros narradores (hay cinco partes y un narrador por cada parte, y en algunas partes hay varios narradores)). De todos estos narradores, (el segundo es un escritor que admite que inventó a los personajes de la primera parte y que es él el enfermo del mal de Montano, por ejemplo), que son (apenas vagamente ficcionales) proyecciones de Vila Matas, tan deliberadamente enmascaradas que, por ejemplo, uno de ellos se llama a sí mismo por su ‘matrónimo’ (es decir el nombre de su madre, nombre que (además) es ridículo, y madre que (además) es otra de las autoras de pedazos del texto), de todos estos narradores, decía antes de tanto paréntesis, al final de la novela no queda nada. (O sólo literatura). Pero también me dio la impresión de que a veces se cierran los paréntesis, pero cuando la voz no es la de Vila Matas ni la de ninguno de sus (insisto, deliberadamente falsos) narradores, sino la de algún autor de verdad: Kafka, Musil, Pessoa, Céline. La novela está (juguetonamente) abarrotada de citas, de pseudobiografías de escritores, de trozos largos de prosa ajena de todos (y tal vez cada uno) de los tipos. Y cuando se cierran los paréntesis), “Porque somos como troncos en la nieve. Parecieran yacer suavemente sobre ella; pareciera posible mandarlos a rodar con un pequeño empujón. Y no, no se puede; están firmemente unidos a la tierra. Pero mira; eso mismo también es mera apariencia, Franz Kafka; (decía, cuando se cierran los paréntesis, la cita brilla en todo su extraño esplendor, y uno (tal vez) entiende que lo de Vila Matas es un juego en el que ha de fulgurar la escritura de los otros, lo que él, gran lector sin duda (y sobre todo), entiende como literatura. Ni siquiera sé si me gustó (a veces me hizo reír, a veces me irritó, a veces me aburrió y otras me pareció genial) y me digo que eso tampoco importa. Quedé tan enfermo como antes del mal de Montano; es decir, mi vida no cambió en absoluto. Un excelente resultado, diría yo, para una novela (tal vez) escrita entre paréntesis).

El pozo y el lenguaje

Me da por pensar que Platonov se parece a Kafka en que muestra cómo es el mundo construido por el idioma oficial, el idioma del sistema. El laberinto de ‘El castillo’ es menos el camino imposible hacia el castillo que el lenguaje opaco, burocrático hasta la caricatura, que se come al pobre K. sin admitir réplica. De manera análoga, en The Foundation Pit (no sé cómo lo habrán traducido al español) lo que se traga a esos personajes es menos el sistema estalinista que las palabras que describen y dictan ese sistema. La voz narradora hace uso vorazmente paródico de ese lenguaje (granja comunitaria, proletariado, kulak, efectividad, incluso trabajo, se vuelven palabras-abismo), pero en Platonov hay otra vuelta de tuerca: hay personajes que encarnan el lenguaje del sistema sin dejar de ser humanos. Es un mundo surreal y exagerado, sí, pero creo en toda la gente que lo puebla. No son los siete guardianes de Kafka, cada uno más fuerte que el anterior, emblemas que ni siquiera necesitan cara. Son personas. Tienen sus ambiciones, sus miedos, sus amores, y usan ese lenguaje, a veces entendiéndolo y a veces no tanto, para sus propios fines. Es ese uso cotidiano el que perpetúa el sistema, y eso purifica la pesadilla hasta el punto que me veo (¿nos vemos?) reflejado en ella. Este librito es brillante y brilla con una luz muy oscura.