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Mi nuevo amigo Mario Incandenza

Tengo un puñado de amigos entrañables con los que nunca podré hablar. Uno porque es un tal Long John y al fin se pudo volar, ya no hay quien lo encuentre; otro porque se llama Hanta y si existiera nunca querría hablar, ni conmigo ni con nadie; otro porque se llama Gregor y lo conocí cuando el pobre ya no tenía boca, sino mandíbulas y antenas. El más reciente de esa lista se llama Mario Incandenza.

Mario, por supuesto, no se voló; no podría volarse nunca. Además tiene boca, una anormalmente grande llena de dientes igualmente grandes; y creo que sí hablaría conmigo, como lo haría con cualquiera, pero me atrevo a especular que la conversación no sería muy satisfactoria. Y aún así, lo afirmo con rabia de niño que dice “esto es mío”, siento que es mi amigo.

Mario es el segundo hijo de una familia monstruosa y es de lejos, en mi opinión, el menos monstruoso de sus miembros. Su madre es bellísima, inteligente y de un egoísmo cuidadosamente calculado para exhibirse como amor desmedido; su padre es (era) un autista hiperfuncional de dos metros y medio de altura, alcohólico además; su hermano mayor es un Don Nadie elevado a la categoría de superestrella, el mejor punter (¡heh!) de la historia del fútbol americano; su hermano menor es un genio del lenguaje incapaz de conectarse con los demás en el nivel humano. Mario, en cambio, es horriblemente adorable. Hipercefálico, de bracitos tiesos y angulosos, pequeño, de pies grandes que recuerdan un paralelogramo. Para quedarse parado en el mismo sitio le toca usar una barra como soporte, que fija con un candado de policía al chaleco que protege su pecho, de una fragilidad preocupante. Nunca lo he visto, por supuesto; pero el tipo que me lo presentó, un tal David Foster Wallace, comparó su silueta con la de los velocirraptors de Jurassic Park, símil que me pareció cruelmente afortunado. Para completar el retrato debo agregar que Mario es un idiota.

El padre de Mario era un genio de la óptica, del tenis y del cine más intelectualmente hostil posible, y su segundo hijo heredó de una forma enternecedoramente incompleta la última de esas obsesiones. Su padre le regaló un casco con una cámara de alta definición y Mario anda por ahí filmando lo que se encuentra. Todo lo que se encuentra, por supuesto, le parece maravilloso, digno de ser filmado, “real” en el sentido más hondo del término. Pero hay que notar que el hombre vive en un mundo devastado y devastadoramente deprimente. Un mundo donde los Estados Unidos, México y Canadá se han unido para conformar la O.N.A.N. (Organization of North American Nations, acrónimo que Wallace escoge, entre otras razones, para jugar con la palabra “onanismo”); un mundo donde una gran porción del noroeste de Norteamérica se ha convertido por decisión del mismo presidente de la O.N.A.N. (una especie de Reagan reaganizado hasta la pesadilla) en depositorio de basura radioactiva, en el cagadero del continente; un mundo donde hasta el tiempo ha sido vendido por el gobierno para subsidiar las corporaciones que lo eligieron (existen el Año de la Hamburguesa Whopper, el Año del Calzoncillo Depend para Adulto, el Año de los Productos Lácteos del Corazón de América); un mundo donde la obsesión con el entretenimiento ha convertido a todos en adictos, ya sea de algún tipo de droga, del deporte competitivo, del sexo, del trago, o más comúnmente de una versión gigantizada hasta la alegoría de una combinación entre televisión e Internet controlada por una corporación maliciosamente bautizada Interlace; un mundo donde unos terroristas Québecois en sillas de ruedas a veces parecen el único grupo que sabe más o menos lo que está haciendo, excepción hecha de Alcohólicos Anónimos. Mario se pasea por ese mundo con su cámara, dándole la mano a los extraños, sonriendo extasiado.

Yo, que no soy ninguna lumbrera, recorrí el mundo de Mario atolondrado por una maravilla análoga. Me acordé de un aforismo de Cioran: “Vivimos en el fondo de un infierno, cada instante del cual es un milagro”. Ese aforismo describe a la perfección nuestro mundo y también el de Mario, el de Infinite Jest. Hace falta ser un verdadero genio para que los párrafos que describen cómo los ya mentados asesinos empalan a una de sus víctimas con una escoba sean de una belleza exquisita sin dejar al mismo tiempo de ser horripilantes; para que un partido de tenis extendido por doce páginas sea como un Seurat, sorprendente punto por punto y sobrecogedor cuando se lo abarca con la mirada. Mi roñoso esferito era como la cámara de Mario, y subrayé muchos apartes; luego levantaba del libro una mirada descuadernada y me costaba esfuerzo orientarme.

Infinite Jest me excede absolutamente, como el mundo de Mario excede a mi buen amigo y como el mundo mismo excede a cualquiera, excepto, tal vez, a la gente como David Foster Wallace. No sé si volveré pronto a ese mundo decadente porque ya me pesa suficiente el estado similar del mío; al menos tendré que darle unos años. Pero sí volveré en mi cabeza a evocar la imagen de Mario con su camarita; y admiraré su sonrisa de incomprensión, tan parecida a la mía; y de vez en cuando me detendré, me anclaré para poder sostenerme en pie con la barra más o menos sólida de lo poco que he leído, incluyendo esta novela brillante, y sacaré mi camarita y filmaré, escribiré, estúpida, ciega, incansablemente; porque no seré ningún James O. Incandenza y mucho menos un David Foster, pero este infierno que compartimos es tan bello, sí o no, Wallace, Cioran, Mario; porque qué vamos a hacer, es milagroso y tenemos que aceptarlo, tenemos incluso que celebrarlo.