Lista incompleta de formas de caminar sobre la luna
Los clichés irritan porque son tan trillados que el lector se siente insultado cuando los encuentra. Yo ya sé eso, todo el mundo lo sabe; cuénteme otra cosa, algo que valga la pena. Hoy me da por comenzar esta entrada recordándole a mi lector que los poetas miran la luna.
Por supuesto, cada uno lo hace a su manera. De Greiff, por ejemplo, no la ve blanca sino negra, y no en el cielo sino en su poema, una rendija por la que entra toda la música del mundo. García Lorca la ve reflejada en el pozo en el que se ha ahogado un niño. Lord Tennyson, en el segmento 67 de su elegía a Arthur Henry Hallam, ve su luz sobre su sábana y no puede evitar imaginársela, a kilómetros de distancia aunque siga en el mismo lugar sobre su cabeza, esparciendo una blancura idéntica, pero sobre una lápida. El Astolfo de Ariosto vuela hasta ella a lomos del hipogrifo, y al explorarla encuentra escondido allí lo que se nos ha perdido sobre la Tierra: no sólo todo tipo de objetos, sino también las lágrimas de los enamorados, la inteligencia de los sabios, el tiempo desperdiciado, los sueños imposibles.
Por eso, mirándolo con cuidado tal vez el cliché no resulte tan cierto como parece. Es justificable decir que ninguno de esos poetas mira la luna. Escriben sobre su reflejo, se fabrican una a su antojo o se sueñan paseando sobre ella. Para ellos la luna es un pretexto, una música, una puerta o un símbolo, pero nunca ella misma. Tal vez cabría repetir otro cliché, el que dice que los poetas son unos lunáticos.
Pero hay una poeta que sí levanta los ojos para escribir sobre la luna: Emily Dickinson. Lo que ella ve en el cielo es extraño, inaccesible. Su poema 629 es tan poco convencional que, comparado con los otros, a primera vista puede parecer feo, o al menos chocante. Tal vez porque su tema, como la luna misma, tiene algo de inasible; habla de un extrañamiento que no se explica del todo, tal vez porque no se puede hacerlo. Leer ese poema es incómodo. Su mensaje es inhumano. Una esfera blanca cruza el cielo casi todas las noches y ese portento no quiere decir nada. Por eso esa eremita estadounidense es algo que no es casi nadie, mucho menos los poetas: lúcida. La lucidez es áspera, impopular; no ve magia en la vida, se limita a la magia sin sentido de la vida misma. A veces, cuando me da por llevar mis ideas a sus últimas consecuencias, pienso que sólo escribiendo así se logra literatura que no resulte fácilmente prescindible.
Otro que escribe como Dickinson, me dije hace unos días cuando leí el segundo de “Los relatos del piloto Pirx”, es Stanislaw Lem. En ese cuento hay un momento en que el protagonista, en compañía de otros astronautas, camina sobre la luna. En casi cualquier otro autor de ciencia ficción esa escena habría sido romántica; en Lem es enigmática, aterradora. Pirx mira los cráteres y se siente alienado, de pie en una piedra polvorienta en la que nada lo invita ni lo abriga, y donde es claro que a él, a diferencia de Astolfo, no se le perdió nada. La luna de Lem es la luna, la que ningún poeta que no sea Dickinson quiere ver: suspendida en el vacío, inerte.
Soy aficionado a la ciencia ficción desde mi adolescencia y he leído obsesivamente a casi todos los clásicos: Verne, Wells, Asimov, Clarke, Bradbury. Todavía me encantan sus libros, y los amo con el mismo amor desmedido y romántico que me inspiran De Greiff, Ariosto, Tennyson o Lorca; pero me digo que en unos siglos, cuando de la ciencia ficción del XX, como de los romances italianos del Cinquecento, sólo queden tres o cuatro nombres, los únicos que no podrán faltar serán K. Dick y Lem. Porque al hablar de exploradores espaciales, de robots o de extraterrestres el mañoso de Stanislaw no nos habla del futuro. Nos habla de lo humano, de eso que en parte es tiempo y en parte está atrapado en el tiempo, y que porque está preso en el mismo magma que lo constituye no tiene ni necesita remedio. Gracias a él, en el siglo 22, en el 26 y en el 30, hasta la gente que viva sobre ella se sabrá frágil cuando baje la mirada y se dé cuenta de que está caminando sobre la luna.