De cartas, libros, medios y mensajes
Una vez, cuando todavía creía ser un intelectual, tomé una clase de historia de la teoría de los medios de comunicación. Abrimos con Marshall McLuhan y su famoso “el medio es el mensaje”, y terminamos con ensayos, recientes para el 2007, sobre Facebook. Uno de los ejercicios era leer un libro asignado a dedo y presentarlo en clase. El profesor me entregó The Gutenberg Elegies, de Sven Birkerts, y dijo que me iba a gustar.
No se equivocó. Es una recopilación de ensayos, escritos en un tono en verdad elegíaco, entre la nostalgia y la inquietud, sobre lo que el autor considera una transformación radical causada por el debilitamiento de la cultura literaria. Para Birkerts el lector es centro y emblema de una relación con el mundo que ha dominado la historia de Occidente: la de quien se sienta a reflexionar en silencio, y desde allí, desde su soledad privilegiada, escuchando una voz que es a la vez la de otro y la suya propia, deja que ésta lo interrogue, lo inspire, lo conmueva, lo incomode o lo impulse. Lo que se está disolviendo con los nuevos medios – y Birkerts escribió en los 90 – es precisamente esa soledad, esa introspección que es al mismo tiempo atenta y creadora.
El profesor me conocía y por eso me asignó ese libro; sabía de mi pasión por la literatura. No contaba con mi situación personal, que también influyó en mi lectura de Birkerts. Como estudiante en una ciudad que me intimidaba, alienado por la timidez, la lengua extranjera, el invierno y la depresión, The Gutenberg Elegies me cayó como un bálsamo. Yo también había crecido leyendo todo lo que me topaba por delante; yo también había enseñado literatura y me había encontrado con resistencia a las lecturas que proponía. En uno de los capítulos se describe el fracaso de una clase sobre un cuento de Henry James; yo venía de intentar que mis estudiantes colombianos escribieran con coherencia sobre un cuento de Wells, experimento que produjo muchas páginas mediocres, un par de ensayos decentes y un plagio. Birkerts me distrajo un poco de mis dudas y me hizo sentir especial, miembro tardío de una especie en vía de extinción; un apocado pero singular, orgullosamente extemporáneo dinosaurio.
The Gutenberg Elegies no escatima el drama en sus últimas páginas. Hoy en día el individuo es un turista que vive feliz con la superficie de las cosas y la proliferación de sus representaciones, sin darse cuenta de que en verdad está desesperado, “disociado de las fuentes del ser auténtico”. Sí señor, murmuré en el metro, la narizota oculta nerviosamente detrás del libro, y subrayé. Birkerts hablaba de estudiantes que habían nacido en los primeros años de los 70. Yo, del 79, tenía que ser de los últimos; de la retaguardia derrotada de antemano del humanismo occidental. Me sentí feliz, realizado en mi tristeza aristocrática.
La reciente carta de renuncia de Camilo Jiménez a sus horas de cátedra en la Javeriana, que leí en su blog, me recordó a Birkerts. Fui a la biblioteca, lo saqué, leí apartes y comprobé lo que intuía; me seguía gustando su prosa nostálgica, me seguía identificando con su elogio de la lectura, pero su argumento ya no me convencía.
No digo que yo haya cambiado, evolucionado intelectualmente. Sigo compartiendo el amor de Jiménez y Birkerts por los libros y la cultura literaria, esa que dicta que la manera idónea de pensar es leyendo y escribiendo. Porque me es inevitable, me conmueve la desaparición paulatina de los principios culturales en los que se basa el estatus, aún privilegiado, del libro, la lectura y la escritura. Pero he llegado a aceptar que mi inquietud no es desinteresada e intelectual, sino personal. He construido mi vida alrededor de la idea de pertenecer a una aristocracia libresca que está, si no desapareciendo, por lo menos perdiendo prestigio.
Nunca me había sido tan evidente esa tendencia patricia de los que leemos profesionalmente como en los últimos meses, en los que tomé una clase más, la última con nota de mi doctorado, de introducción a la literatura comparada. La idea era familiarizar a los estudiantes, todos en los primeros años de su posgrado y preparándose para escribir una tesis, con los discursos predominantes en esa área tan difícil de definir. Cada semana se trataban temas que, a falta de un nombre mejor, llamaré “aspectos”. Siempre había un profesor invitado, expertos reconocidos en su área. El resultado fue un sancocho: una semana de arquitectura y teoría del espacio, una semana de teoría de la historia, una de ‘crítica secular’, una de teoría de la traducción. Pero casi todos esos profesores se habían entrenado inicialmente como críticos literarios, y luego se habían dedicado a las áreas novedosas que venían a exponernos y habían escrito los libros y ensayos que habíamos leído.
Algunos de sus textos me gustaron mucho; otros me parecieron juegos retóricos. En persona todos resultaron elocuentes hasta rozar, en momentos al azar, la genialidad; y muchos también eran petulantes. No faltó quien habló como desde un púlpito. Un par estaban convencidos de que su conocimiento, especializado y abstruso, les otorgaba la capacidad de pronunciar juicios de valor, sobre objetos tan vagos como “la sociedad secular contemporánea”, desde una posición, usualmente tácita pero a veces explícita, de superioridad moral. Recuerdo el brillo en los ojos de un viejito que nos dijo con gran énfasis: “curb your desire to be good”. Otra profesora, famosa en todo el mundo, nos tachó de ignorantes, no una sino varias veces, porque no conocíamos ciertos detalles de la historia de Suiza.
También hubo cosas muy buenas. Me gustó la que llevó varias imágenes de Maus, el cómic de Art Spiegelman, e hizo un análisis de su uso de la tensión entre fotografía y dibujo mostrándonos sus similitudes y diferencias con fotos famosas del Holocausto. Esa tarde, en parte por mi culpa, porque la timidez enfermiza sigue afectándome, la discusión fue anémica; cada vez que los otros estudiantes intentaban que la señora hiciera un pronunciamiento más amplio, hablara desde una perspectiva más teórica o arriesgara un juicio de valor, ella respondía con frases cortas y sencillas: esta es mi lectura de Spiegelman, tendría que estudiar más, más allá no puedo ir por ahora.
Tal vez una razón por la que ya no me suena Birkerts es que he visto y sufrido en carne propia cómo pueden ser, podemos ser, de pretenciosos quienes estamos convencidos de que el libro es asiento privilegiado del conocimiento. Me atrevo a conjeturar que muchos de esos profesores comparten el supuesto que también aúna a Brikerts y a Jiménez, según el cual, citando al segundo, “sólo en soledad, en silencio, nacen las preguntas, las ideas”. Eso fue lo que hicieron esos profesores y lo que hacemos tantos otros; luego de pasar un tiempo en las bibliotecas y las universidades, descender al mundo supuestamente armados de las claves para explicarlo. Incluso, en la fantasía no siempre hermosamente redactada de algunos, para cambiarlo. En ese sentido el libro que tanto adoramos los dinosaurios se ha convertido, a causa de nuestra propia adoración, en motivo de ceguera.
Pero el mundo cultural está cambiando, y no de la manera que los dinosaurios preferimos. Una de las transformaciones inevitables es que la cultura ha dejado de ser monopolio de figuras como nosotros, y cada vez me convenzo más de que eso es excelente. Otro cambio, que Jiménez y otros más han detectado, es que mucha gente tiene cada vez menos tolerancia al silencio y la introspección. Eso sin duda genera transformaciones en la manera como se crea, se recibe y se difunde la información; pero afirmar que la cultura o el conocimiento mismos están desapareciendo por esa causa no es otra cosa que fetichismo de lector. Fetichismo alimentado por un miedo con el que me identifico, porque también es mío; pero que no se puede permitir que empañe las herramientas de análisis. Lo dicho; el libro, sobre todo cuando se lo ama, también puede ser causa de ceguera.
Hay otros problemas con lo de Jiménez que no son conceptuales, sino circunstanciales, y que otros han señalado. Siento que fue un error dar nombres propios, porque la carta se convierte en una acusación; pero creo que lo verdaderamente inadecuado fue publicarla en un medio que ya no es un blog personal, sino un periódico. El medio, ya cité la frase roñosa de McLuhan, es el mensaje. La reflexión íntima se convierte en otra cosa cuando aparece en El Tiempo. Las reacciones que condenan a Jiménez, por ejemplo, por sugerir que los profesores deberían tirar la toalla, lo confirman; la carta nunca dice eso, pero los lectores la entienden como una columna de opinión y generalizan su conclusión porque el medio donde la leen los invita a hacerlo.
Creo también que la parte valiosa es aquella en que Jiménez señala la grave situación de la educación básica en Colombia y ratifica con su experiencia que está empeorando; y que es ahí, y no en su nostalgia, que hay que buscar las causas de la incompetencia del estudiante colombiano promedio. Pero en vez de hablar sin conocimiento de causa de ese problema, mejor me callo y dejo que lo analicen los que saben. Los que han dedicado su vida a estudios concretos, sobre el mundo real, y pueden hacer sugerencias informadas. Yo leo ficción y también, aunque cada vez menos, teoría literaria. Escribo cuentos y novelas. Soy un cuentero, un lector lúdico, y si no se trata de historias no sé nada.
Aunque para comenzar a cerrar esta reflexión, también muy personal, que ya se pasa de larga, diré que algo que sé es que el temor de que desaparezcamos los dinosaurios es infundado. Lo sé no por mis lecturas, sino por mi vida diaria de profesor de italiano. Por mis estudiantes.
Al final del semestre les toca hacer una presentación oral. La instrucción es llevar un objeto que sea importante para su vida y hablar cinco minutos de él. La mayoría lleva fotos. A veces hay collares, pulseras. Una vez hubo pastelitos dominicanos, lo que me encantó porque nos recordó que no estábamos en la torre de marfil, sino en Harlem. Las guitarras y los teclados también son populares. Nunca ha habido un Ipod, un celular o un computador, pero todos los semestres alguien lleva un libro. Por supuesto, casi siempre es Harry Potter; pero una vez fue Middlemarch.
Los lectores no son mis mejores estudiantes. Son tímidos, el tipo de gente a la que se le dificulta una clase que pone un énfasis fuerte en la comunicación inmediata y espontánea. Suelen tener un desempeño normal en los exámenes y sacar mala nota en el oral. Yo los ayudo un poco, porque nunca he podido ser autoritario y porque sé lo que es ser nerd, estar frente a todo el mundo y tener un libro bajo el brazo.
Quiero mucho a todos mis estudiantes pero no puedo negar mi preferencia por los dinosaurios jóvenes. Se paran al frente y se los reconoce de inmediato por su postura. Comienzan a hablar entre dientes y me toca pedirles que le suban al volumen. A veces no aciertan a mostrar la carátula; abrazan el libro, o lo ponen sobre la mesa y hablan sin quitarle la mano de encima. Dicen las cosas que dice un lector de 18 años en una lengua que no domina: que tal o cual personaje es el mejor, que la película no le hace justicia al libro, que la historia es apasionante, que se lo leyeron en tres días. Los escucho con hermandad, no de intelectual, sino de lector. Me pregunto con cierta alarma si cometerán el mismo error que yo y estudiarán literatura. Espero que si les da por esas no sean tan idiotas como lo fui yo. Que se acuerden siempre de que el libro que aman no es más que un medio, y lo que importa, diga lo que diga McLuhan, es la vida real más allá del mensaje.